La sabana montañosa es el paisaje matriz de Northgrippian Park: el escenario vivo sobre el que, mucho después, aparecieron las pinturas rupestres, el castro vetón y las majadas de los cabreros. Sus robles dispersos, sus matorrales mediterráneos y sus grandes claros no son un simple decorado, sino la memoria vegetal del territorio. Todo lo humano que encontramos en el recorrido nació, prosperó y desapareció dentro de este paisaje de enorme biodiversidad.
Su historia podría remontarse, al menos, al comienzo del Northgrippiano, la etapa media del Holoceno iniciada hace unos 8.200 años. Las investigaciones paleoecológicas realizadas en Gredos muestran que estas montañas han albergado durante milenios paisajes diversos, dinámicos y frecuentemente abiertos, modelados por el clima, el fuego, los herbívoros y, cada vez con mayor intensidad, por las sociedades humanas. Contemplar hoy esta sabana es asomarse a un tiempo en el que la naturaleza conservaba una autonomía mucho mayor: los árboles nacían y morían, el fuego recorría las laderas y los animales abrían caminos sin que cada rincón respondiera a una decisión humana. Más tarde llegaron los cazadores, los pastores y los poblados; dependieron del paisaje y tal vez lo transformaron en cierta medida. Pero bajo todas esas capas de historia sigue latiendo una naturaleza más antigua, imperfectamente domesticada, que aún reclama espacio para continuar su propio relato.
El abandono rural y la desaparición casi total del pastoreo han roto parte del equilibrio que mantuvo abierto este paisaje durante siglos: donde antes pastaban numerosos rebaños, hoy el matorral avanza y amenaza con cerrar progresivamente la sabana. También quedan muchos menos grandes herbívoros de los que probablemente recorrieron estas montañas en el pasado. Sin embargo, quienes completen el itinerario al amanecer o durante las últimas horas de la tarde todavía podrán sorprender a alguna manada de ciervos tratando de reconquistar los claros y contemplar grandes rapaces sobrevolando Gredos, entre ellas el águila imperial ibérica —en recuperación y cada vez más presente en Ávila— y, con algo de fortuna, algún quebrantahuesos ligado a los proyectos que trabajan por su regreso a estas sierras. Esperamos que, durante los próximos años, este lugar no solo conserve una vegetación relicta que quizá cubrió antiguamente buena parte de las montañas ibéricas y que hoy parece haber encontrado aquí uno de sus últimos refugios, sino que vuelva a llenarse de una fauna cada vez más rica: animales que habitaron este territorio antes que nosotros y que aún pueden encontrar en él un lugar al que regresar.
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Quizá ahí resida su mayor valor: no solo en conservar una vegetación excepcional, sino en recordarnos que el territorio tuvo una historia antes de nosotros y puede volver a tener un futuro menos sometido a nuestro control. La sabana montañosa de Gredos no es únicamente una reliquia del pasado; es también una invitación a imaginar una convivencia en la que la humanidad deje de ser la única autora del paisaje.